Cada tanto vuelve la misma discusión: si fueron 30.000 o 8.000 los desaparecidos durante la última dictadura. El planteo parece un ejercicio numérico. Pero en realidad es otra cosa: una disputa política sobre la memoria.
Reducir el debate a una cifra es, muchas veces, una forma de esquivar lo esencial: en Argentina existió un plan sistemático de secuestro, tortura, asesinato y desaparición de personas ejecutado desde el Estado. Eso no es relato. Está probado en juicios, testimonios y archivos.
El informe de la CONADEP, en 1984, documentó 8.961 casos. Pero nunca se presentó como un número cerrado. Fue un piso construido en condiciones adversas: con miedo, con denuncias que no se hicieron y con pruebas destruidas.
Los organismos de derechos humanos sostienen la cifra de 30.000 como una estimación que incluye lo que no pudo registrarse: centros clandestinos no identificados, familias enteras desaparecidas y zonas donde el terror silenció todo.
A esto se suman documentos desclasificados que complejizan aún más el escenario. Un informe de inteligencia de 1978 ya hablaba de miles de víctimas cuando la dictadura todavía estaba en curso. Es decir, antes incluso de su etapa final.
La discusión, entonces, no debería ser cuántos fueron. La pregunta es por qué hay sectores empeñados en discutir el número y no el crimen.
Porque en ese desplazamiento se juega algo más profundo. Cuando se insiste en bajar la cifra, muchas veces se busca relativizar la responsabilidad del Estado o minimizar la magnitud del terrorismo de Estado.
No funciona así.
Un solo desaparecido ya constituye un crimen intolerable. Miles, organizados desde el aparato estatal, configuran un sistema de exterminio. No hay matices posibles.
La memoria no es solo pasado. Es una herramienta para el presente. Cuando se la cuestiona sin contexto —relativizando cifras o instalando que “no fue para tanto”— se abren puertas peligrosas: la deshumanización, la violencia política y el deterioro del Estado de derecho.
Los archivos, tanto los desclasificados en el exterior como los que comienzan a conocerse en el país, no vienen a cerrar una discusión numérica. Vienen a confirmar algo más importante: que hubo planificación, sistematicidad y voluntad de ocultar.
La cifra exacta probablemente nunca se conozca. Y eso, en sí mismo, también forma parte del horror.
Discutir el número sin contexto es una forma de negación. Y negar —o relativizar— es el primer paso para repetir.
La memoria incomoda. Y está bien que así sea. Porque mientras incomode, sigue viva.
