Jalil y Milei: la relación que incomoda más de lo que se dice

En política, cuando nadie dice nada, es cuando más está pasando. En Catamarca, el vínculo entre Raúl Jalil y Javier Milei no genera escándalos. Genera algo peor: incomodidad. Esa que no aparece en los comunicados, pero se nota en los gestos, en los silencios y en esas conversaciones que siempre empiezan con un “esto no lo digas”.

Jalil juega a lo que sabe. No es un outsider, nunca lo fue. Es un político profesional en un país donde la política sigue dependiendo de una sola cosa: la caja. Y la caja, guste o no, sigue estando en Buenos Aires. Por eso no confronta. Dialoga. Se sienta. Negocia. Y mientras otros gritan, él avanza en silencio.

El problema no es lo que hace Jalil. El problema es la foto. Para el libertario catamarqueño, el conflicto no es ideológico. Muchas de las ideas de Milei —ajuste, orden fiscal, achique del Estado— forman parte de su ADN político. Pero hay algo que no termina de cerrar: ver a Milei con Jalil. Porque Milei construyó poder enfrentando a “la casta”, y Jalil es, justamente, parte de ese sistema que prometía terminar. Cuando ese vínculo se vuelve natural, el relato empieza a crujir.

Nadie lo dice en voz alta. Nadie va a salir a romper. Pero el malestar aparece igual, por abajo. En redes, en charlas informales, en ese murmullo constante que en política vale más que un comunicado. Hay incomodidad, hay desconfianza, y sobre todo hay una sensación de desplazamiento. Mientras Jalil se sienta en la mesa donde se decide, el libertario local queda mirando desde afuera. Y en política, mirar no es participar.

Jalil no parece estar pensando en la coyuntura. Su jugada es más larga. Entiende que en un esquema nacional frágil, el que dialoga gana. No es épica, es cálculo. Es estar donde se reparten los recursos, donde se definen las obras, donde se sostiene el poder real. Mientras otros eligen la confrontación, él apuesta a ser necesario.

Ahí aparece el dilema libertario. Si cuestionan a Jalil, tensionan con Milei. Si no lo hacen, se diluyen. No hay salida cómoda. Y en política, la incomodidad sostenida suele terminar en pérdida de peso.

El escenario todavía está abierto. Si a Milei le va bien, los dialoguistas van a tener más poder. Si le va mal, serán los primeros en tomar distancia. Jalil ya eligió de qué lado estar. Los libertarios locales, en cambio, todavía están viendo cómo entrar en una película donde, por ahora, no tienen protagonismo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *