Hay algo casi perfecto en el papel que ocupa Manuel Adorni dentro del gobierno de Javier Milei. Habla todos los días, provoca, genera escándalos, se pelea con periodistas, instala frases virales y concentra la atención pública. Es ruido constante. Y quizás ahí radica su verdadera función.
Porque mientras gran parte de los medios y las redes discuten los “vueltos” que se lleva el pelele mediático de la Casa Rosada, detrás avanza algo mucho más profundo: un proceso de desmantelamiento del Estado argentino a una velocidad brutal y con un nivel de entrega pocas veces visto.
Adorni termina siendo apenas la cortina. El decorado. El personaje televisivo.
El problema real está atrás.
Mientras el vocero juega al influencer oficialista, hay áreas enteras del Estado nacional siendo vaciadas, privatizadas o entregadas a intereses privados sin demasiados controles y, muchas veces, sin siquiera debate público serio.
La discusión ya no pasa por eficiencia o modernización. El Gobierno directamente dejó de creer en el Estado como herramienta de desarrollo, equilibrio social o defensa nacional. Lo consideran un estorbo. Y cuando un gobierno cree que el Estado no sirve para nada, el resultado siempre es el mismo: el mercado pasa a decidir quién vive mejor y quién queda afuera.
Y eso ya está ocurriendo.
Se ajusta sobre jubilados mientras se liberan negocios multimillonarios. Se paralizan obras públicas mientras se aceleran privatizaciones. Se recortan medicamentos, programas sociales y universidades mientras sectores estratégicos empiezan a quedar en manos privadas o extranjeras.
Todo bajo un discurso que habla de libertad, pero que en la práctica parece garantizar libertad solamente para los que ya tienen poder económico.
Lo más brutal es que ni siquiera lo esconden.
El propio Milei dijo que todo lo que se pueda privatizar será privatizado. No hay disimulo. No hay gradualismo. No hay siquiera una idea de equilibrio entre Estado y mercado. Hay una convicción absoluta: retirar al Estado de todos lados y convertir derechos en negocios.
El agua, la energía, la logística, los recursos naturales, el transporte y hasta servicios esenciales empiezan a ser vistos únicamente como oportunidades comerciales.
Y cuando todo se convierte en mercancía, los primeros perjudicados siempre son los mismos: los sectores que menos tienen.
Porque el mercado jamás garantiza igualdad. Garantiza rentabilidad.
Por eso el relato libertario empieza a mostrar una contradicción enorme. Decían venir a combatir privilegios y terminaron construyendo nuevos privilegios. Decían odiar a la casta y hoy conviven cómodamente con empresarios, grupos financieros y operadores económicos que hacen negocios gigantescos al calor del ajuste.
No vinieron a eliminar desigualdades.
Vinieron a redefinir quién gana y quién pierde en la Argentina.
Y los que pierden son bastante fáciles de identificar: trabajadores, jubilados, estudiantes, pequeños comerciantes y buena parte de la clase media que creyó que el ajuste lo iba a pagar “la política”.
Mientras tanto, arriba, circula otro país. El de las privatizaciones, las desregulaciones, los negocios estratégicos y la venta acelerada de activos nacionales.
Por eso quedarse solamente en Adorni es funcional.
Porque mientras todos miran al vocero, otros se llevan el país entero.
