Cuando Adrián Brizuela dice que «es temprano» para hablar de candidaturas en Catamarca, en los hechos ya está fijando las reglas del juego. El diputado nacional de La Libertad Avanza planteó que la construcción de una oposición competitiva de cara a 2027 debe apoyarse en acuerdos programáticos y en la coincidencia con el proyecto del Gobierno nacional. Es decir: se puede discutir de todo, menos del rumbo.
La frase no es casual ni aislada. Brizuela es, hoy, el dirigente libertario de mayor peso institucional en la provincia, y viene sosteniendo en distintas apariciones públicas que el objetivo central del espacio es la reelección de Milei y que LLA aspira a ser «la columna vertebral» de cualquier armado opositor local. En las últimas semanas defendió sin matices la eliminación de las PASO, la reforma del Banco Central y la ley de tierras impulsada por el oficialismo nacional, y llegó a cuestionar a la propia vicepresidenta Victoria Villarruel por, según él, jugar en contra del programa de gobierno.
Ese historial habilita una lectura que va más allá de lo estrictamente declarado: al ser uno de los libertarios de primera hora en la provincia y el funcionario con mayor cargo nacional del espacio, Brizuela tiene un interés directo en que cualquier reordenamiento opositor reconozca a LLA como el actor de referencia, y no como una fuerza más entre varias. Pedir «alineamiento con Milei» como condición de entrada no solo ordena el debate ideológico: también protege el lugar de poder que hoy ocupa dentro de ese espacio.
La respuesta no tardó en llegar desde otros sectores. El radicalismo, a través del legislador Fadel, le retrucó que debe rendir cuentas «a los catamarqueños» y no a él. Y desde la Coalición Cívica-ARI, Mariano Manzi cuestionó que LLA pretenda definir candidaturas según la pertenencia al «riñón» libertario, cuando el crecimiento electoral de 2023 le exigía asumir una responsabilidad política que, según Manzi, no terminó de asumir.
Con 14 meses por delante hasta las elecciones, lo que hoy se dirime no son nombres sino el terreno sobre el que se van a discutir esos nombres. Y ahí, cada gesto —hasta el de decir «todavía no hablemos de esto»— también es una jugada.
