La jugada de EEUU y el salvavidas que encontró Milei

Estados Unidos no da puntadas sin hilo. Cada movimiento que hace tiene un cálculo detrás, y lo que pasó estas últimas semanas con Malvinas lo demuestra clarito. Un diario británico reveló que la supuesta «revisión» que la administración Trump estaría haciendo sobre su postura histórica frente a las islas no es ningún gesto de apoyo a la Argentina. Es una amenaza que el propio Trump usa contra Inglaterra, para presionarla a que aumente el gasto militar dentro de la OTAN. Nosotros ni siquiera estamos sentados en esa mesa. Somos la excusa que un país usa para presionar a otro, ni más ni menos.

Y esa «relación especial» entre Estados Unidos e Inglaterra no es cualquier cosa: tiene ochenta años de alianzas militares y de inteligencia compartidas. La historia ya nos enseñó esta lección en 1982, cuando Estados Unidos decía ser «neutral» en la guerra mientras en secreto le mandaba misiles y combustible a los barcos ingleses. Esa costumbre pesa muchísimo más que cualquier simpatía pasajera con un presidente argentino.

Ahora bien: ¿por qué a nuestro gobierno le convino tanto subirse a esta ola justo ahora? La Argentina no está pasando un buen momento. Las últimas encuestas muestran que a la gente «no le alcanza la plata» —es la principal queja, por lejos— y que el humor social está en su punto más bajo del año. Cuando la economía aprieta y la gestión empieza a mostrar grietas, aparece un clásico de la política: sacar una bandera, literalmente, para tapar lo que no funciona.

Y la bandera, en este caso, ya estaba servida. Todos nos acordamos de esa noche en Atlanta: Argentina le ganó a Inglaterra en semifinales del Mundial 2026, y en medio del festejo los jugadores sacaron pecho, contra todo pronóstico y las prohibiciones de la FIFA, y mostraron una tela que decía «Las Malvinas son argentinas». No hizo falta más que eso para que el sentimiento patriota se disparara en todo el país. Meses después, ese fervor todavía sigue latente en la gente.

El gobierno de Milei lo supo leer perfecto. Con ese clima todavía caliente, salió por cadena nacional a anunciar sanciones a empresas petroleras, una nueva base naval en Tierra del Fuego y un discurso encendido sobre la soberanía de las islas. Muchos argentinos, con la emoción del Mundial todavía fresca, pensamos: «por fin, vamos en serio por Malvinas». Nos comimos el amague.

No decimos que reclamar la soberanía de Malvinas esté mal. Al contrario: es un reclamo histórico, justo, que como país nunca deberíamos abandonar. Lo que está mal es hacer pasar por logro diplomático propio algo que en realidad es un favor que le conviene a otro país, en su propia pelea, que nada tiene que ver con nosotros. Y es más grave todavía cuando ese relato se usa a sabiendas de que hay un pueblo con el corazón todavía caliente por una bandera pintada en una sábana de hotel.

La pregunta que nos tenemos que hacer es simple: ¿qué gana realmente la Argentina en todo esto? Porque hasta ahora, la única certeza es que un país mucho más grande y poderoso nos usa como ficha de cambio para otra pelea, mientras nuestro propio gobierno aprovecha ese mismo envión para tapar, por un rato, los problemas de todos los días.

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