Comprender antes de juzgar: qué hay detrás del fenómeno therian

En tiempos donde casi todo se discute en clave de burla o escándalo, aparecen fenómenos que nos obligan a frenar un segundo y hacer algo cada vez más escaso: entender antes de opinar. El mundo de los llamados therians es uno de ellos.

Los therians son personas que se identifican, en un plano interno, psicológico o espiritual, con animales no humanos. No creen que su cuerpo sea animal ni reclaman privilegios especiales. Tampoco buscan imponer su visión. Simplemente describen una vivencia identitaria que, para ellos, es real y persistente.

El fenómeno no es nuevo. Existen registros y estudios sociológicos desde fines de los años 90, especialmente vinculados al surgimiento de comunidades en internet. La academia —aunque de manera marginal— lo analiza como una identidad emergente, comparable a otras formas no tradicionales de construcción del “yo” en la modernidad tardía. No está clasificado como enfermedad mental ni como delito. Y, sobre todo, no genera daño a terceros.

Entonces, ¿por qué provoca tanta reacción?
Tal vez porque cuestiona una idea muy arraigada: que la identidad humana es rígida, cerrada y uniforme. O porque lo distinto, cuando no se entiende, suele despertar risa, miedo o agresión. El bullying —digital o presencial— suele nacer ahí: en la comodidad de juzgar sin conocer.

No se trata de “estar de acuerdo” ni de adoptar una postura militante. Se trata de algo más básico: el derecho a existir sin ser hostigado. Una sociedad madura no es la que piensa igual, sino la que discute sin aplastar.

En un mundo atravesado por crisis de sentido, identidades fragmentadas y búsquedas personales profundas, fenómenos como el therianismo dicen más sobre nuestra época que sobre quienes lo viven. Mirarlos con curiosidad crítica, y no con desprecio automático, es un buen punto de partida.

Porque cuando alguien no le hace daño a nadie, el problema rara vez está en su identidad. Casi siempre está en nuestra intolerancia.

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