Persecución: la palabra mágica para no dar explicaciones

El caso de Javier Galán reabre el debate sobre el uso del argumento de “persecución” como respuesta automática frente a acusaciones graves.


En la política argentina hay reflejos que se repiten con una precisión casi automática. Uno de ellos es la tendencia a traducir denuncias judiciales en clave política, muchas veces antes de que la Justicia tenga siquiera la oportunidad de avanzar en la investigación.

El caso del diputado Javier Galán vuelve a poner en escena ese mecanismo. A poco de conocerse la denuncia en su contra, comenzaron a instalarse interpretaciones que apuntan a una supuesta maniobra para perjudicarlo políticamente. El problema no es la hipótesis en sí —la política está atravesada por disputas e intereses—, sino su uso como explicación inmediata y excluyente.

Cuando la respuesta inicial es “es persecución”, el foco deja de estar en los hechos y se traslada a las intenciones. En ese desplazamiento, la discusión sobre si existió o no un delito queda relegada. El expediente pierde centralidad y el relato gana terreno.

Este tipo de reacción tiene efectos que van más allá de un caso puntual. Por un lado, debilita el rol de la Justicia al instalar una sospecha previa sobre cualquier proceso. Por otro, condiciona la percepción pública, ya que se ofrece una conclusión antes de que existan pruebas o resoluciones.

Se invoca la presunción de inocencia, pero en muchos casos se la utiliza para cerrar el debate, no para abrirlo con cautela. La diferencia no es menor: una cosa es esperar el desarrollo de la causa; otra, afirmar de antemano que no hay delito porque la denuncia tendría un trasfondo político.

El riesgo de esta lógica es doble. Hacia adentro del sistema político, funciona como un escudo que permite evitar costos inmediatos. Hacia afuera, envía un mensaje complejo: que cualquier denuncia puede quedar atrapada en una disputa de poder donde los hechos pasan a un segundo plano.

La política, sin dudas, tiene operaciones y estrategias. Pero convertir esa posibilidad en una coartada automática implica correr el eje del debate y, en última instancia, erosionar la confianza en las instituciones.

En ese punto, la discusión deja de ser sobre un dirigente en particular y se vuelve más amplia: hasta qué punto el argumento de la persecución es una defensa legítima y cuándo pasa a ser un recurso para eludir responsabilidades.

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