De chorrito en chorrito apareció la cascada

La promesa era terminar con “la casta”. Venían a barrer con los privilegios, con los acomodos y con la política entendida como un mecanismo de enriquecimiento personal. Ese fue el núcleo discursivo que llevó a Javier Milei al poder y que convirtió a figuras como Manuel Adorni en símbolos de una supuesta nueva moral pública basada en austeridad, transparencia y confrontación permanente contra “los mismos de siempre”.

Pero con el correr de los meses, ese relato empezó a mostrar fisuras.

Lo que primero aparecía como rumores aislados hoy empieza a convertirse en una acumulación incómoda de sospechas, contradicciones y cuestionamientos sobre funcionarios que deben explicar patrimonios, gastos, contratos y vínculos con estructuras de poder que antes denunciaban con ferocidad.

El caso de Manuel Adorni se transformó en uno de los más sensibles para el oficialismo. No solamente por las dudas alrededor de su situación patrimonial, sino porque golpea directamente sobre el corazón simbólico del relato libertario. Adorni no era un funcionario más: era uno de los rostros más visibles del discurso anticasta.

Y ahí aparece la gran contradicción.

Porque cuando un espacio político construye toda su legitimidad sobre la superioridad moral, las exigencias también cambian. Ya no alcanza con responder que “todo está dentro de la ley”. La vara ética la colocaron ellos mismos en un nivel extremo. Fueron ellos quienes prometieron transparencia absoluta y quienes señalaron durante años que la política tradicional vivía desconectada de la realidad de la gente.

Por eso cada duda pesa el doble.

El problema tampoco se limita a un solo funcionario. En los últimos meses comenzaron a multiplicarse episodios que erosionan la imagen de pureza política que el oficialismo buscó construir: cuestionamientos por contrataciones, vínculos con sectores empresariales, familiares cerca del poder, operadores beneficiados y privilegios que antes eran denunciados como símbolos de decadencia política.

Mientras tanto, la realidad cotidiana de gran parte de la sociedad sigue siendo extremadamente dura.

La salud pública enfrenta recortes, dificultades operativas y problemas de financiamiento. La educación atraviesa conflictos presupuestarios y salariales. Las universidades nacionales mantienen reclamos abiertos y muchas provincias denuncian el freno de obras e inversiones nacionales.

En infraestructura, la paralización de proyectos viales, viviendas y servicios públicos dejó a muchas regiones dependiendo exclusivamente de recursos provinciales para sostener obras básicas.

Y ahí aparece la tensión más delicada para el oficialismo: buena parte de la sociedad aceptó el ajuste económico porque creyó que existía un objetivo superior. El sacrificio parecía tolerable si, al menos esta vez, quienes gobernaban no repetían los viejos privilegios que prometían combatir.

Pero cuando empiezan a aparecer sospechas dentro del propio espacio libertario, el costo político se vuelve mucho más profundo que una discusión económica.

Porque ya no se discute solamente gestión. Se discute credibilidad.

Muchos votantes no eligieron a Milei únicamente por un programa económico. Lo hicieron por rechazo emocional a décadas de corrupción y decepción política. Apostaron a la idea de que todavía era posible construir una dirigencia distinta.

Por eso hoy empieza a crecer una pregunta incómoda incluso dentro de sectores que acompañaron al oficialismo: si realmente venían a destruir la casta o si simplemente querían ocupar su lugar.

La política argentina toleró históricamente crisis económicas, ajustes y conflictos sociales. Lo que suele destruir proyectos políticos es otra cosa: la sensación de hipocresía.

Porque cuando quienes construyeron su identidad señalando a “los corruptos de siempre” terminan envueltos en sospechas similares, el golpe no es solamente institucional. También es simbólico.

Y ahí el riesgo para el mileísmo se vuelve mucho más serio que cualquier dato económico.

Porque un gobierno tradicional puede sobrevivir a una denuncia más. Pero un gobierno que edificó toda su legitimidad sobre la idea de ser moralmente distinto no tiene demasiado margen para parecerse a aquello que prometió eliminar.

Esa puede terminar siendo la verdadera crisis: no la inflación, ni el ajuste, ni las tensiones políticas internas, sino el desencanto de quienes todavía creían que era posible llegar al poder sin convertirse en parte del mismo sistema que se juraba combatir.

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