La universidad no es el enemigo

En la Argentina de hoy parece obligatorio elegir un enemigo. Si no hay uno disponible, se fabrica. Así funciona buena parte de la política moderna: construir demonios simples para explicar problemas complejos. Y en ese mecanismo, la universidad pública empezó a ocupar un lugar incómodo.

De repente, para algunos sectores, la universidad dejó de ser un espacio de formación, investigación y movilidad social para convertirse apenas en un escenario de militancia, privilegios o adoctrinamiento. Una caricatura útil para las redes sociales, los recortes virales y los discursos de indignación rápida.

El problema es que una mentira repetida miles de veces en TikTok no se convierte en verdad. Apenas se convierte en tendencia.

Hoy existe toda una generación expuesta a mensajes políticos consumidos en formato de entretenimiento. Videos de treinta segundos, frases provocadoras, recortes editados para confirmar prejuicios y algoritmos que premian el enojo antes que la reflexión. Y así aparecen consumidores de consignas que repiten ideas prefabricadas sin someterlas al ejercicio más básico del pensamiento crítico: el juicio lógico.

No se discute. No se analiza. No se duda. Se repite.

Y en esa lógica simplista, algunos creen que la universidad pública se resume únicamente a agrupaciones estudiantiles, tomas, centros de estudiantes o debates ideológicos. Como si millones de historias reales no existieran.

Pero la universidad pública argentina es muchísimo más que eso.

Es el hijo de un albañil que llegó a ser médico. Es la primera abogada de una familia entera. Es la ingeniera que salió de un pequeño pueblo del interior. Es el docente universitario que investiga aun cobrando menos de lo que merece. Es el estudiante que trabaja de día y cursa de noche porque entiende que estudiar sigue siendo una de las pocas herramientas concretas para cambiar su vida.

Reducir todo eso a una pelea política es una forma de ignorancia. O peor: de cinismo.

Claro que existen problemas. Nadie serio podría negarlo. Hay estructuras universitarias burocráticas, discusiones ideológicas agotadas y sectores que muchas veces viven desconectados de la realidad social. Pero convertir casos particulares en una condena total hacia la educación pública es intelectualmente pobre.

Porque la universidad no es solamente un edificio ni una agrupación política. Es una oportunidad.

Una oportunidad de desarrollo personal para quien descubre una vocación. Una oportunidad familiar para quienes ven progresar a sus hijos. Y una oportunidad colectiva porque ningún país crece destruyendo el conocimiento, la ciencia o la formación profesional.

Las sociedades más desarrolladas del mundo entendieron hace tiempo algo elemental: la educación superior no es un gasto emocional ni una concesión ideológica. Es inversión estratégica.

Argentina, en cambio, parece discutir si el conocimiento merece existir.

Y mientras tanto, las redes siguen produciendo consumidores automáticos de consignas que se indignan rápido, opinan más rápido todavía y rara vez se detienen a pensar quién les escribió el discurso que están defendiendo.

La universidad pública no necesita fanatismos ni romanticismo vacío. Necesita pensamiento crítico. Justamente aquello que muchos discursos actuales parecen querer reemplazar por obediencia emocional y enemigos imaginarios.

— Mia Fuentes para Diario UNO Catamarca

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