Hubo un tiempo en que el deporte se analizaba a partir de los resultados, el talento y los méritos deportivos. Hoy, en la era de las redes sociales, parece que muchas veces la ecuación es otra: cuanto más polémica, más audiencia; cuanto más negativa la opinión, más interacción; cuanto más absurdo el planteo, más posibilidades de volverse viral.
El fenómeno de los llamados «haters» de Lionel Messi y de la Selección Argentina es probablemente uno de los ejemplos más claros de esta nueva lógica comunicacional. Resulta difícil comprender cómo, después de más de veinte años de carrera, de haber ganado prácticamente todo lo que un futbolista puede ganar, de haber sido reconocido por compañeros, rivales y entrenadores de todo el mundo, todavía existan voces empeñadas en minimizar la figura de quien para muchos es el mejor futbolista de la historia.
O quizás sí se entiende.
Porque tal vez el objetivo nunca fue analizar fútbol. Tal vez el verdadero negocio siempre fue generar reacciones.
Las redes sociales han demostrado que el contenido negativo atrae. La crítica exagerada, la provocación permanente y la opinión contraria a toda evidencia generan comentarios, discusiones, insultos, defensas apasionadas y millones de visualizaciones. Y en la economía digital, donde la atención es la principal moneda de cambio, eso se traduce en seguidores, posicionamiento y dinero.
En ese contexto crecieron y consolidaron su presencia mediática algunos comunicadores deportivos que hicieron de la polémica una marca registrada. Casos como el del periodista argentino Martín Liberman o el del periodista guatemalteco nacionalizado mexicano Álvaro Morales son señalados frecuentemente por los propios aficionados como ejemplos de un modelo basado en la confrontación permanente y en la construcción de audiencia a través de opiniones que desafían, muchas veces deliberadamente, el consenso futbolístico.
No se trata de discutir si realmente creen cada una de las críticas que expresan. Se trata de entender un fenómeno más amplio: en la actualidad, la controversia suele generar más repercusión que el reconocimiento y la provocación tiene mayor impacto que la admiración.
Porque, seamos sinceros, cuesta imaginar que personas que dedican su vida al análisis deportivo sean incapaces de reconocer la dimensión histórica de Lionel Messi. No hablamos de gustos personales ni de preferencias futbolísticas. Hablamos de hechos objetivos.
Messi fue reconocido por generaciones enteras de futbolistas. Lo admiraron figuras como Pelé, Diego Maradona, Ronaldinho, Zinedine Zidane y Andrés Iniesta. Lo elogiaron entrenadores de la talla de Pep Guardiola, Carlo Ancelotti y José Mourinho. Fue admirado por rivales directos y por compañeros. Ganó todos los títulos posibles con sus clubes y con la Selección Argentina. Batió récords que parecían imposibles y, además, construyó una imagen pública basada en valores cada vez más escasos en el deporte profesional: la humildad, el respeto y el profesionalismo.
Sin embargo, en tiempos donde el algoritmo premia el conflicto, la grandeza también se transforma en una oportunidad de negocio para quienes deciden combatirla.
La paradoja es extraordinaria: mientras millones de personas alrededor del mundo disfrutan del privilegio histórico de ver jugar a uno de los mejores deportistas de todos los tiempos, otros optan por convertir el rechazo permanente en un producto rentable.
Quizás algunos de estos críticos realmente no entiendan de fútbol. Pero hay algo que sí entendieron perfectamente: que la negatividad vende.
Afortunadamente, la historia suele ser mucho más justa que las redes sociales. Y cuando pase el tiempo, probablemente nadie recuerde cuántos clics consiguió un comentario polémico o cuántos seguidores ganó una crítica exagerada. Lo que permanecerá será aquello que ya reconocieron el fútbol, sus protagonistas y millones de aficionados en todo el planeta: que Lionel Messi pertenece al reducido grupo de los deportistas que trascienden su época y se convierten en leyenda.
Y las leyendas, por definición, sobreviven a sus detractores.
