Hay una escena que se repite en las plazas y veredas de barrio: un grupo de chicos y chicas, algunos con celular en la mano pero la mayoría corriendo, gritando reglas inventadas, sumando o restando puntos de un «aura» que solo ellos entienden. Los adultos miran, no entienden nada, y muchos deciden que eso es motivo de preocupación. Que hay que preocuparse por «el aura». Mientras tanto, hay costumbres entre adolescentes que sí deberían encender todas las alarmas y de las que casi nadie habla.
Farmear aura es, en el fondo, un juego. Un código propio, como en su momento lo fueron las figuritas, el elástico o las bolitas. La diferencia es que este código nació de las redes y por eso genera sospecha automática en generaciones que asocian pantalla con encierro. Pero acá está pasando lo contrario: el juego saca a los chicos de sus casas, los pone a compartir un espacio físico, a negociar reglas entre ellos, a reírse de una tontera colectiva que no lastima a nadie. No hay plata de por medio, no hay discriminación, no hay excluidos por no tener determinada zapatilla o determinado celular. Hay, simplemente, una excusa para estar juntos.
Y sin embargo, esa inocencia genera más rechazo que otras conductas mucho más graves que sí circulan entre adolescentes y que muchas veces se minimizan o directamente se ocultan. Se habla poco de las agresiones físicas entre pares, de las cachetadas y los golpes que algunos chicos reciben de otros chicos —a veces hasta alentados o filmados por el resto del grupo— simplemente por buscar un lugar, por querer pertenecer, por intentar encontrar algo en común con sus pares. Esa violencia, naturalizada bajo la etiqueta de «joda» o «cargada», deja marcas que no se ven tan fácil como un grupo jugando en la plaza, pero que pesan mucho más.
Ahí está el desbalance. Un juego que no daña a nadie recibe miradas de sospecha, mientras conductas que sí lastiman —física y emocionalmente— pasan casi desapercibidas porque no tienen nombre en TikTok, porque no generan un video viral, porque ocurren puertas adentro de una escuela o en el fondo de una casa. Preocuparse por el «aura» y mirar para otro lado ante la violencia entre pares es, como mínimo, mirar mal el mapa completo de lo que le pasa a nuestros adolescentes.
Antes de alarmarse por un juego que reúne chicos en la plaza, valdría la pena preguntarse qué está pasando con los que eligen golpear para relacionarse. Ese sí es un problema. Y de ese, todavía, se habla muy poco.
