“Mañana tiroteo”: cuando el miedo deja de ser exageración

Las amenazas en escuelas ya no se leen como bromas. Exponen un clima de violencia, desconexión y falta de prevención que preocupa a familias y docentes.

Antes, una frase escrita en una pared o en un grupo —“mañana tiroteo”— se descartaba rápido. Una provocación más. Algo para llamar la atención.

Hoy no pasa eso.

Hoy incomoda. Queda flotando. Porque el contexto cambió. Porque lo que antes parecía imposible, ahora ya ocurrió. Y cuando algo pasa una vez, deja de ser impensado.

En los últimos días, aparecieron mensajes similares en escuelas de distintas provincias. No importa si fueron “en joda” o no. El efecto es el mismo: chicos que no van a clases, padres en alerta, docentes tratando de sostener una normalidad que ya no es tan normal.

No es paranoia. Es acumulación.

La violencia no arranca con un arma. Empieza mucho antes, en lo cotidiano. En el que queda afuera todos los días. En el que es cargado, expuesto, humillado. En ese bullying que todavía muchos siguen minimizando como si fuera parte del crecimiento.

No lo es.

A eso se suma un entorno que amplifica todo. Las redes sociales convierten cualquier conflicto en espectáculo. La agresión circula, se repite, se valida. Y en el medio hay chicos que se van quedando solos, muchas veces sin que nadie lo note a tiempo.

En las casas, el problema no siempre es la falta de interés. Es la falta de tiempo. Padres que sostienen como pueden, que llegan cansados, que hacen lo que pueden. Y en ese ritmo, hay señales que se pierden.

La escuela intenta contener, pero no alcanza. Hoy tiene que enseñar, mediar, escuchar, prevenir. Todo al mismo tiempo. Y muchas veces, sin las herramientas necesarias.

El Estado, por lo general, aparece cuando ya es tarde. Protocolos, operativos, reacciones. Pero lo que falta es lo de antes: prevención, seguimiento, presencia real.

Mientras tanto, se discuten soluciones que van por otro lado, como facilitar el acceso a armas. Pero cuando un chico llega a ese punto, el problema ya es mucho más profundo.

Lo más peligroso no es la amenaza en sí.

Es empezar a acostumbrarse.

Que alguien escriba “mañana tiroteo” y la respuesta sea un “seguro es joda”. Porque cada una de esas “jodas” deja algo: miedo, desconfianza, una grieta en la idea de que la escuela es un lugar seguro.

Y eso no debería pasar.

No hay soluciones simples. Pero hay cosas básicas que no pueden seguir faltando: escuchar en serio, intervenir a tiempo, no mirar para otro lado, estar presentes incluso cuando no hay señales evidentes.

Bajar el nivel de violencia también es parte. Porque no está solo en la escuela. Está en la calle, en las redes, en la forma en que se habla y se trata al otro.

La escuela debería ser un lugar previsible, seguro, tranquilo.

Cuando eso empieza a ponerse en duda, aunque sea un poco, el problema ya está ahí.

Y si se sigue llegando tarde, si se sigue minimizando, en algún momento estas “bromas” pueden dejar de serlo.

Y ahí ya no hay margen para hacerse el distraído.

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