Catamarca cerró las fiestas de la Virgen del Valle con una multitudinaria procesión

Miles de fieles acompañaron a la Virgen en el 135° aniversario de su Coronación Pontificia, en una celebración atravesada por la figura del Beato Mamerto Esquiú y un fuerte mensaje por la paz.

Catamarca volvió a mostrar una de sus postales más profundas. En una tarde cargada de fe y emoción, la ciudad despidió las festividades en honor a la Virgen del Valle con la tradicional procesión que recorrió las calles del centro y reunió a miles de devotos.

El cierre del Septenario tuvo este año un condimento especial: se dio en el marco del Jubileo por el Bicentenario del nacimiento del Beato Mamerto Esquiú, cuya presencia simbólica atravesó toda la celebración.

La jornada comenzó en La Alameda, donde delegaciones, instituciones y peregrinos de distintos puntos de la provincia y el país se congregaron para rendir homenaje. Desde allí partió la procesión, encabezada por la imagen del Beato y seguida por la Virgen, escoltada por fuerzas de seguridad y acompañada por autoridades provinciales.

El recorrido volvió a mostrar lo de siempre, pero que nunca pierde fuerza: pañuelos al aire, papelitos, cantos, familias enteras caminando juntas y una devoción que se transmite de generación en generación.

El momento más fuerte llegó al final. Ya en el Paseo de la Fe, el obispo Luis Urbanč puso en palabras lo que flotaba en el ambiente: un pedido urgente por la paz, en un contexto marcado por la violencia y la incertidumbre.

No fue un mensaje liviano. Habló de una sociedad atravesada por tensiones, desigualdades y conflictos, y llamó a frenar la escalada de violencia, incluso cuestionando la lógica de armarse para defenderse.

También hubo lugar para lo cercano: oraciones por los enfermos, por las familias y por quienes atraviesan momentos difíciles. Y un pedido que se repitió como hilo conductor: no perder el rumbo.

El cierre tuvo el tono de siempre: emoción, despedida y esa mezcla rara entre alegría y nostalgia. Porque la Virgen vuelve a su camarín, pero la sensación queda.

En Catamarca, la fe no se explica. Se vive.

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