Hay dos escenas que conviven hoy en la política catamarqueña y que, juntas, explican bastante bien por qué la sociedad está cada vez más lejos de creerle a cualquier dirigente. La primera es la de un oficialismo que discute nombres propios con una tranquilidad que roza la soberbia, convencido de que el resultado electoral ya está garantizado de antemano. La segunda es la de una oposición, en todas sus variantes, que encontró en el «fuera» la fórmula más cómoda para hacer campaña: fuera Jalil, fuera Milei, fuera la casta, fuera lo que sea, sin explicar nunca qué viene después del «fuera».
En el peronismo provincial, con Raúl Jalil como gobernador y con el intendente capitalino Gustavo Saadi consolidado como la figura con más consenso interno de cara a una eventual sucesión, se repite una lógica conocida: se reparten candidaturas y lugares como si la elección estuviera resuelta, mientras el discurso de campaña se sostiene, en gran parte, sobre la resistencia al ajuste nacional. Ese «fuera Milei» le funciona para consolidar una base fiel y corrida del centro, pero no reemplaza la explicación pendiente de qué proyecto propio tiene la provincia más allá de resistir. Ningún electorado firma cheques en blanco de manera indefinida, y la comodidad de creer tener «el toro atado de las astas» suele ser, históricamente, la primera señal de que algo empieza a soltarse.
Del otro lado, la oposición atraviesa una fragmentación que no logra resolver, y a esa debilidad estructural le sumó una tentación moderna: salir a buscar candidatos con buena llegada en redes sociales, apostando a que la exposición digital reemplace la construcción territorial. El resultado es una oposición que sabe viralizar un enojo pero no logra traducirlo en confianza real sobre lo que la gente necesita. A eso se agrega una dicotomía incómoda para los sectores identificados con La Libertad Avanza: pueden gritar «fuera Jalil» con total libertad, pero se cuidan mucho de rozar cualquier decisión que llegue desde la Casa Rosada, aunque golpee de lleno a los catamarqueños. Enojar con el statu quo provincial es fácil; explicar qué harían distinto si gobernaran, mucho más difícil, y ahí es donde ese espacio todavía no da el salto de discurso de protesta a proyecto de gobierno.
En el medio, el radicalismo atraviesa su propio proceso. Tras resolver la conducción de su Comité Provincia para el período 2026-2028, la UCR catamarqueña dice querer reconstruirse desde sus bases ideológicas y morales y presentarse como una oposición seria y constructiva, capaz de enamorar tanto a sus propios afiliados como a los catamarqueños descreídos de las estructuras partidarias. La intención es la correcta. Pero el radicalismo corre un riesgo distinto al de los otros dos espacios: en su afán de no confrontar de lleno ni con el peronismo provincial ni con el gobierno nacional, puede terminar sin decir nada de fondo. No alcanza con evitar los «fuera» ajenos si a cambio no se ofrece con claridad un «hacia dónde» propio.
El denominador común de los tres espacios es el mismo: están más cómodos entusiasmando a los enojados que enamorando a los esperanzados. Entusiasmar es fácil, porque el enojo ya está instalado en la sociedad y solo hace falta señalarlo con el dedo. Enamorar es otra cosa: exige explicar cómo se genera trabajo real, cómo se mejora un hospital, cómo se ordena una escuela, cómo se cuida el bolsillo de una familia catamarqueña sin depender de la motosierra de un lado ni del clientelismo del otro. Eso no se resuelve con una consigna de campaña ni con un candidato prolijo en Instagram: se resuelve con un plan, y los planes no viralizan tan rápido como el enojo.
Se instaló en la sociedad, con ayuda de dirigentes de todos los colores, la idea de que la política es una mala palabra y que cualquiera que venga de «afuera» es automáticamente mejor que quien la ejerce. Esa idea es cómoda y da votos rápidos, pero es falsa. La política no es mala: es una herramienta, y vale lo que valen las manos que la usan. El problema no es la política, es una dirigencia que la vació de contenido y la redujo a apellidos, candidaturas prematuras y frases gancho pensadas para una tanda de redes sociales.
Catamarca no necesita más nombres propios discutiéndose lugares en voz baja, ni más consignas de rechazo gritadas en voz alta. Necesita, de una vez, que peronismo, radicalismo y La Libertad Avanza se animen a discutir públicamente qué proyecto de provincia proponen, más allá de a quién hay que sacar. El primero que lo haga en serio no va a necesitar entusiasmar enojados: va a empezar a enamorar esperanzados, que es mucho más difícil de lograr y mucho más valioso de conservar.
